Los sofocos son el síntoma que casi todo el mundo asocia a la menopausia, y con razón: son de los más frecuentes y de los que más molestan. También son de los que mejor responden al tratamiento. Aquí te explico por qué ocurren y qué se puede hacer.
Los sofocos y sudores nocturnos (síntomas vasomotores) los nota la mayoría de las mujeres en la transición: hasta ocho de cada diez. Ocurren porque el cerebro regula peor la temperatura al bajar los estrógenos.
Duran más de lo que se cree: de media en torno a siete años, y en algunas mujeres bastante más.
El tratamiento hormonal es la opción más eficaz para los sofocos, pero no es la única: hay alternativas no hormonales con evidencia para quien no puede o no quiere hormonas.
Un sofoco no es «calor» sin más: es un fallo momentáneo del termostato del cuerpo. En el hipotálamo, en la base del cerebro, hay un grupo de neuronas (las llamadas neuronas KNDy) que ayudan a regular la temperatura. Los estrógenos las mantienen a raya. Cuando los estrógenos bajan y oscilan, esas neuronas se activan de más y estrechan lo que se conoce como la «zona de confort térmico»: el margen de temperatura en el que el cuerpo está tranquilo.4
Con ese margen tan estrecho, un pequeño cambio (una manta de más, una bebida caliente, un momento de tensión) hace que el cerebro interprete que tienes demasiado calor y dispare el mecanismo para enfriarte: se dilatan los vasos de la piel, notas la oleada de calor, te sonrojas y sudas. Por eso los sofocos aparecen de golpe y sin lógica aparente.
La intensidad varía muchísimo. Hay mujeres que notan un ligero acaloramiento un par de veces al día y otras que tienen varios episodios cada hora, con sudoración que empapa. Los sudores nocturnos son el mismo fenómeno mientras duermes, y son especialmente molestos porque fragmentan el sueño y te dejan agotada al día siguiente. Lo veo mucho en consulta: mujeres que vienen «por no dormir» y, al preguntar, resulta que se despiertan empapadas.
Sobre la duración hay un dato que conviene conocer, porque desmonta el «ten paciencia, que se pasa pronto»: los síntomas vasomotores duran de media alrededor de 7,4 años, según el estudio SWAN, y en una parte de las mujeres se prolongan diez años o más.1 Empiezan a menudo en la perimenopausia y no terminan el día de la última regla. Por eso, cuando afectan a tu vida, tiene sentido tratarlos.
Los desencadenantes no causan los sofocos, pero sí los disparan cuando el terreno ya está preparado. Los más habituales:
Identificar los tuyos es útil, pero no esperes que evitarlos lo resuelva todo. Ayudan a reducir la frecuencia, aunque el fondo sigue ahí.
Para los sofocos que afectan a la calidad de vida, la terapia hormonal es el tratamiento más eficaz que tenemos.2 Reduce de forma clara la frecuencia y la intensidad, y de paso mejora el sueño cuando el problema son los sudores nocturnos. En mujeres sanas menores de 60 años o dentro de los diez años desde la menopausia, el balance entre beneficio y riesgo suele ser favorable.2
No es para todo el mundo ni la única opción, y la decisión siempre se individualiza según tu historia. Lo cuento a fondo en detalle en las páginas de terapia hormonal y de sus riesgos.
Si no puedes tomar hormonas (por ejemplo, tras un cáncer de mama) o prefieres no hacerlo, hay alternativas con evidencia.3
Las tienes todas comparadas en tratamientos no hormonales.
No sustituyen a un tratamiento cuando los sofocos son intensos, pero suman:
La terapia cognitivo-conductual merece una mención aparte: no hace desaparecer los sofocos, pero reduce cuánto te molestan y mejora el sueño, y no tiene efectos adversos.3 Es una opción infravalorada.
La hiperactividad de las neuronas KNDy del núcleo infundibular (arcuato) hipotalámico, desinhibidas por el hipoestrogenismo, sensibiliza el centro termorregulador y estrecha la zona termoneutral. La neuroquinina B, mediada por el receptor NK3, es un mediador clave.
Opciones recomendadas: ISRS/IRSN (paroxetina, única con indicación específica aprobada por la FDA para SVM a dosis de 7,5 mg; venlafaxina, desvenlafaxina, escitalopram, citalopram), gabapentina/pregabalina, oxibutinina, y TCC/hipnosis clínica. La paroxetina interacciona con el tamoxifeno (inhibición de CYP2D6): evitarla en usuarias de tamoxifeno. La evidencia no respalda de forma consistente isoflavonas, cimicífuga ni suplementos como primera línea.
Más de lo que la mayoría espera. De media rondan los siete años, y en una parte de las mujeres se prolongan diez años o más. Empiezan a menudo en la perimenopausia y no terminan el día de la última regla, por lo que tratarlos cuando molestan es razonable.
Sí. Hay antidepresivos a dosis bajas, gabapentina y fármacos nuevos que bloquean las neuronas implicadas (fezolinetant y elinzanetant). La terapia cognitivo-conductual también reduce cuánto molestan. Son opciones válidas para quien no puede o no quiere tomar hormonas.
En muchas mujeres, sí. No los causan, pero los disparan cuando el terreno ya está preparado. El alcohol (sobre todo el vino tinto), la cafeína, las bebidas calientes y las comidas muy picantes son los desencadenantes más habituales. Vale la pena identificar los tuyos.
El sofoco en sí no es peligroso. Se está estudiando si tener síntomas vasomotores frecuentes o intensos se asocia a un perfil cardiovascular algo menos favorable, pero eso no significa que el sofoco dañe el corazón. Lo sensato es cuidar la salud cardiovascular de forma general en esta etapa.
Es un fármaco no hormonal que bloquea una de las señales cerebrales que disparan el sofoco (la vía de la neuroquinina 3). En los ensayos redujo la frecuencia y la intensidad de los sofocos. Requiere controlar la función del hígado durante el tratamiento.
Guías y sociedades citadas: The Menopause Society (NAMS), NICE (Reino Unido), International Menopause Society (IMS), AEEM/SEGO y ESHRE. Última revisión de esta página: 23/07/2026.
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Contenido de la Dra. M.ª Ángeles de la Orden.